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Caos vial: ambulantes y mototaxis invaden accesos a estaciones del Metro

Caos vial: ambulantes y mototaxis invaden accesos a estaciones del Metro

El paisaje urbano alrededor de las estaciones del Metro en las colonias Ampliación Santa Martha Acatitla y Juan Escutia se ha transformado en un laberinto cotidiano para quienes transitan por la zona. Desde los puentes peatonales que conectan con los andenes, la escena es caótica: peatones esquivando cajas de fruta apiladas, motocicletas que avanzan en sentido contrario y una marea de vendedores ambulantes que ofrecen desde alimentos hasta artículos de uso diario. Los vecinos, testigos de esta realidad desde hace más de veinte años, describen cómo las calles han ido perdiendo espacio vital, absorbidas por un comercio informal que crece sin control.

En la calle Miguel Lira y Ortega, justo frente a la estación Guelatao, el panorama es desolador. Enrique Carmona, un habitante de la zona, resume la situación con crudeza: “Aquí ya no se puede caminar con normalidad. Si quieres pasar, tienes que bajarte a la calle”. Su testimonio refleja una realidad compartida por muchos: las banquetas, diseñadas para garantizar la movilidad peatonal, están ocupadas casi en su totalidad por puestos improvisados, obligando a los transeúntes a arriesgarse entre el tráfico vehicular. Graciela Méndez, otra vecina, confirma esta dinámica: “No hay opción. Si no te bajas de la banqueta, no avanzas”.

El problema no se limita a la incomodidad. Para personas como Enrique Gámez, el acceso al Metro se ha convertido en una odisea diaria. “Los ambulantes han tomado el espacio público”, explica. “Entre la cantidad de gente que hay y los productos que bloquean el paso, caminar se vuelve casi imposible”. La saturación no solo dificulta el tránsito, sino que también genera tensiones. Los usuarios del transporte público, muchos de ellos con prisa por llegar a sus trabajos o escuelas, se ven obligados a navegar entre obstáculos que ralentizan su trayecto y, en ocasiones, los exponen a situaciones de riesgo.

Lo que alguna vez fueron vías de circulación fluida ahora son corredores congestionados donde el derecho a la movilidad queda relegado. Los vecinos coinciden en que el problema no es nuevo, pero sí se ha agravado con el tiempo. La falta de regulación y la ausencia de alternativas para los vendedores informales han permitido que el comercio ambulante se expanda sin límites, colonizando aceras, accesos y hasta las esquinas. Mientras tanto, las autoridades parecen incapaces de ofrecer soluciones que equilibren las necesidades económicas de los comerciantes con el derecho de los ciudadanos a transitar con seguridad.

El resultado es un escenario donde la convivencia entre peatones, vendedores y vehículos se vuelve cada vez más tensa. Las calles, pensadas para conectar, terminan dividiendo: por un lado, quienes buscan ganarse la vida en la informalidad; por el otro, quienes exigen espacios dignos para desplazarse. En medio, la ciudad pierde su esencia como lugar de encuentro y se convierte en un territorio de negociaciones constantes, donde el más rápido o el más audaz logra avanzar. La pregunta que queda en el aire es cuánto tiempo más podrán sostenerse estas dinámicas antes de que el caos termine por colapsar del todo.

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