En el corazón de la colonia Tránsito, en la alcaldía Cuauhtémoc, el ritmo acelerado de la construcción de una calzada flotante sobre San Antonio Abad ha transformado la vida de sus habitantes en una pesadilla de ruido, polvo y vibraciones incesantes. Las obras, parte de los preparativos para el Mundial de Fútbol, avanzan sin descanso, con maquinaria pesada operando las 24 horas del día, un ritmo que las autoridades impusieron para cumplir con los plazos establecidos. Los vecinos, sin embargo, pagan el costo de esta prisa.
Fernando López, uno de los residentes, describe la situación como un “sismo constante”. Las perforaciones y el movimiento de bloques de cemento generan vibraciones tan intensas que, en un principio, muchos salieron corriendo de sus casas convencidos de que la tierra temblaba. “Fue tan fuerte que pensamos que era un terremoto”, relata. Las paredes crujen, los objetos se mueven y el sueño se ha vuelto un lujo inalcanzable para quienes viven cerca de las obras. En calles como Cerrada de Fray Servando y Fernando de Alva, las familias también sufren las consecuencias de un proyecto que parece priorizar la velocidad sobre el bienestar de la comunidad.
El impacto no se limita al ruido y las vibraciones. Los residentes del edificio número 58 de San Antonio Abad enfrentan un futuro desolador: sus departamentos, que alguna vez tuvieron vistas despejadas, quedarán atrapados frente a un parque elevado, una estructura que les arrebatará la luz natural y la privacidad. “Compramos estos espacios con la esperanza de vivir en un lugar agradable, no para quedar encerrados entre muros de concreto”, denuncia una vecina, cuya voz refleja la frustración de muchos.
Pero las preocupaciones van más allá de lo inmediato. Colectivos vecinales han alertado sobre los daños ambientales que podría generar la obra, desde la alteración del drenaje hasta la posible contaminación del aire por el polvo en suspensión. Además, exigen la cancelación de un segundo proyecto de “Utopía” —espacios públicos elevados—, argumentando que estas iniciativas responden más a una lógica de imposición que a las necesidades reales de la población. “No estamos en contra del progreso, pero sí de que se nos ignore”, señala otro habitante.
Mientras las grúas y las excavadoras siguen su marcha, los vecinos se organizan para exigir soluciones. Reclaman estudios de impacto ambiental, horarios razonables para las obras y, sobre todo, que sus voces sean escuchadas. La promesa de un evento deportivo global no debería opacar el derecho de las comunidades a vivir con dignidad. Sin embargo, en la colonia Tránsito, el futuro parece llegar a marchas forzadas, dejando atrás a quienes, irónicamente, son los más afectados por él.

