China ha dejado claro que no intervendrá en la crisis del estrecho de Ormuz, a pesar de la solicitud directa del presidente estadounidense, Donald Trump. Mientras Washington enfrenta un escenario cada vez más complejo en Oriente Medio, analistas coinciden en que Pekín no solo no colaborará en la reapertura de esa ruta clave para el petróleo, sino que podría incluso beneficiarse de la tensión, especialmente si la estrategia de Estados Unidos se percibe como errática o contraproducente.
El viaje de Trump a Beijing, inicialmente programado para finales de marzo, fue pospuesto sin que las autoridades chinas confirmaran oficialmente la visita. Sin embargo, fuentes cercanas al gobierno asiático han señalado que ambas naciones mantienen un diálogo abierto para reprogramar el encuentro. Aunque el mandatario estadounidense aseguró que el retraso contó con el “acuerdo” de China y destacó la “muy buena relación de trabajo” entre ambos países, lo cierto es que el aplazamiento no estuvo vinculado a la petición de ayuda en el golfo Pérsico. De hecho, expertos como Sun Yun, directora del programa sobre China en el Stimson Center, consideran que la solicitud de Trump ha perdido urgencia para Pekín, que ahora prioriza otros frentes en su estrategia global.
Mientras Estados Unidos intensifica su presión sobre Irán —con tres semanas de enfrentamientos que han paralizado el flujo de petróleo—, China ha optado por una postura más discreta pero activa en la región. Diplomáticos chinos han sostenido reuniones con varios países de Oriente Medio, prometiendo un “papel constructivo” para reducir las tensiones y fomentar la estabilidad. Como gesto concreto, el domingo pasado Beijing entregó a Irán un paquete de ayuda humanitaria de 200 mil dólares a través de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, destinado a las familias de los niños y maestros fallecidos en el bombardeo a la escuela primaria Shajarah Tayyebeh, en la ciudad de Minab. Además, el embajador chino en Teherán condenó públicamente el ataque, reforzando su imagen de actor neutral pero comprometido con la paz.
El aplazamiento de la visita de Estado, lejos de generar fricciones, parece haber sido bien recibido en ambos lados. Para China, evita un encuentro incómodo en medio de una escalada bélica que podría complicar sus intereses económicos y geopolíticos. Para Estados Unidos, representa un respiro en un momento en que su política exterior en la región enfrenta críticas por su falta de claridad. Sin embargo, las señales de distensión son limitadas. Las recientes conversaciones comerciales en París entre representantes de ambos gobiernos arrojaron pocos avances, confirmando que las diferencias persisten, especialmente en temas como aranceles, tecnología y acceso a mercados.
La crisis en el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, ha puesto en evidencia las limitaciones de la influencia estadounidense en la zona. Mientras Washington busca aliados para garantizar la libre navegación, China —el mayor importador de crudo iraní— ha optado por no alinearse abiertamente con ninguna de las partes. Su estrategia parece centrarse en consolidar su presencia en Oriente Medio sin asumir los costos políticos de un conflicto que, por ahora, no le conviene. De hecho, algunos analistas sugieren que Pekín podría estar aprovechando la distracción de Estados Unidos para fortalecer sus lazos con países clave como Arabia Saudita e Irán, sin comprometerse en disputas que no le reporten beneficios directos.
En este contexto, la decisión de Trump de posponer su viaje a China adquiere un matiz estratégico. Aunque el mandatario insistió en que la relación bilateral sigue siendo sólida, lo cierto es que el escenario internacional —con una guerra comercial latente y una crisis en Oriente Medio— no es el más propicio para un acercamiento significativo. Mientras tanto, China sigue avanzando en su agenda global, combinando gestos humanitarios con una diplomacia pragmática que le permite mantener su influencia sin quemar puentes. La pregunta ahora es si esta aparente calma en las relaciones entre las dos potencias es solo temporal o si, por el contrario, marca el inicio de una nueva dinámica en la que Pekín asume un rol más protagónico en los conflictos que Washington ya no puede —o no quiere— resolver.

