Las calles de la colonia San Antonio se han convertido, una vez más, en un espejo de agua. Los vecinos, resignados, observan cómo la lluvia transforma sus aceras en ríos improvisados, un escenario que se repite cada temporada de lluvias con una regularidad que ya no sorprende a nadie. “Aquí el agua siempre llega primero que las soluciones”, comenta una residente mientras intenta proteger sus pertenencias con bolsas de plástico. Las inundaciones, lejos de ser una novedad, son parte del paisaje cotidiano en esta zona, donde el drenaje parece incapaz de cumplir su función ante el menor aguacero.
El problema se agravó en los últimos días para quienes dependen del transporte público. La estación San Antonio, un punto clave para miles de usuarios, amaneció cerrada sin previo aviso, dejando a los pasajeros sin una alternativa clara. Ante la falta de opciones, muchos se vieron obligados a cruzar por un paso improvisado, un tramo de terreno que, en condiciones normales, sería impensable utilizar. El puente peatonal que solía conectar ambos lados de la avenida, su única vía segura hasta hace poco, fue clausurado sin explicaciones detalladas. Ahora, los transeúntes deben sortear charcos profundos y el riesgo de resbalones, mientras los vehículos pasan a toda velocidad a pocos metros de distancia.
La razón detrás de estos cierres y desvíos no es un misterio: la construcción de una calzada flotante, un proyecto ambicioso que forma parte de las obras de infraestructura para modernizar la ciudad de cara al Mundial de Fútbol. Aunque las autoridades han prometido mejoras en la movilidad, los habitantes de la zona cuestionan si el costo de estos avances no debería incluir, al menos, soluciones temporales para los problemas que generan. “Entendemos que hay que prepararse para el evento, pero ¿por qué nos dejan sin opciones?”, pregunta un comerciante local, cuyo negocio ha visto caer sus ventas desde que el acceso a la estación se complicó.
Mientras tanto, la lluvia sigue cayendo. Los charcos crecen, los zapatos se empapan y la paciencia de los vecinos se desgasta. Aunque las promesas de una ciudad más eficiente y conectada suenan bien en los discursos oficiales, en las calles de San Antonio la realidad es otra: una lucha diaria contra el agua, el barro y la incertidumbre de no saber cuándo, si es que alguna vez ocurre, las cosas mejorarán. La obra avanza, pero a su paso deja un rastro de incomodidades que, para quienes viven aquí, parecen no tener fin.


